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Aprender a Morir

Posted on December 15, 2020 at 8:20 AM

Por muy compleja que se muestre la realidad que estamos viviendo, el valor del símbolo como expresión metafísica permanece intacto. Este final de ciclo vital resulta desconcertante, violento y de difícil interpretación, es cierto; pero si peneramos dentro, se reconocerá que nuestro denominador común resulta ser la inmadurez espiritual y un suicida apego, si no a la vida, al menos a seguir viviendo.


Un símbolo apropiado sería el de un grupo de niños que juega en el patio de la escuela durante el recreo. Son los únicos veinte minutos de diversión entre horas y horas de aburridas clases. Un minuto antes de que acabe el recreo, empieza a llover. La profesora sale al patio para avisar de que es hora de entrar. “¡Niños, todos para dentro! ¡Se acabó el recreo!”, dice mientras suena la campana. Los niños reaccionan, sin querer entrar, de diversas formas: hay un niño que rompe a llorar sin consuelo bajo la lluvia, otro se rebela contra la profesora, un par de ellos se ponen a hablar para dilatar la entrada, una niña se hace la sueca y sigue jugando como si no fuera con ella, otra dice que tiene que ir al baño, otros dos se engarran en una pelea, otro finge que no puede andar… todos quieren permanecer en el patio, aun con lluvia, aunque sólo fuera por un minuto añadido, lo que sea por treinta segundos más.


Todas nuestras ideologías políticas y teorías filosóficas personales son las diferentes reacciones infantiles ante la voz de la profesora. No se nos ha enseñado lo más básico: vamos a dejar este mundo. Aprendimos ingeniería, cuatro idiomas, cocinar al wok, invertir en bolsa, formatear el PC, cambiar un neumático, editar videos chulos, conducir un camión. Y nadie ha aprendido a morir. Hemos dedicado la vida a lo que los niños dedican el recreo: a divertirse, a hacer el ganso, al fútbol ellos y a cotillear ellas, a cosas de niños. Y ante la campanilla de este fin de ciclo, pronunciar algo tan evidente resulta sobrecogedor: más pronto que tarde llegará un día en el que no estarás leyendo este texto, sino que sencillamente no estarás. Ni aquí ni en otro lugar que tu fantasía o consuelo religioso consiga proyectar. Insisto: mientras lloras, culpas a Fulanito o le metes el dedo en el ojo a Menganito, en breve vas a tener que entrar en clase. Casi, casi, ya. Ahora. Vivir uno, cinco, diez, veinte años más, no importa. Ante este puñetazo directo que te estoy pegando en los morros, ¿Cuál es tu reacción? ¿Vas a reaccionar? ¿De verdad?


Que no se me malinterprete: aprender a morir no significa dejarse matar. Creo que no soy yo sospechoso de silenciar los abusos del poder, la tiranía, la injusticia y el sometimiento e indignidad que la población sufre. Ahí están mis escritos como credenciales. Sin embargo también estoy harto de los niños que echan balones fuera, en el tejado de “las élites”, “el sistema”, “el capitalismo”, “los banqueros”, “el comunismo”, “el neoliberalismo”, “el gobierno”, “los illuminati”, “el vecino”, “el jefe”, “mi exmujer”, “mi exmarido”, o incluso en el tejado de los pobres extraterrestres, que bastante tienen con abducirme los viernes.


¿Qué es lo que vamos a hacer con el tiempo que nos queda? Pues de todo hay. Algunos marearán la perdiz. Otros se meterán en algún partido político. A otros les dará por aumentar los ceros de su cuenta corriente. Unos intentarán ayudar a otros. Otros disfrutarán zancadilleándoles, gozarán del dolor ajeno. Unos se dejarán llevar por la vanidad, la fama, los corazoncitos, escucharse y mirarse en el arroyo de las redes sociales. Otros aspirarán a casarse con el marido o la mujer de sus mezquinos sueños. Unos se embarrarán hasta la cintura; otros intentarán pasar por todo esto sin despeinarse. ¿Qué es lo que voy a hacer yo con el tiempo que me queda? Aprender a morir.



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