Blog

Los Cazafantasmas

Posted on December 10, 2020 at 5:50 PM

Un fantasma recorre Europa: el fantasma del Sars-CoV-2. Todas las potencias de la vieja Europa se han unido en una Santa Alianza para acorralar a ese fantasma. Y está bien llamado fantasma porque nadie jamás lo vio. Recordemos las mismas consignas propagandísticas de los primeros ministros y presidentes desde principios de 2020, al más burdo estilo de película bélica mala: “Estamos librando una batalla contra un enemigo invisible”. Arenga de guerra que lo mismo te sirve para un roto que para un descosido, para Osama Bin Laden o para el Cambio Climático, para el Loki de las eddas o para La Invasión de los Anticuerpos. Nadie va a poder desertar en una guerra cuyo enemigo es, de hecho, invisible, y en potencia, omnipresente.


Ocurre que el Sars-CoV-2 no es un villano de Hollywood sino un virus, y como tal, no puede ser tan invisible como les gustaría a los globalistas. Para que un virus sea considerado eso mismo, tiene que ser descubierto conforme a unos protocolos virológicos precisos y estrictos. Quizás no visible a ojos de los malditos políticos, pero para que un virus sea eso mismo tiene que ser aislado y purificado por ultracentrifugación diferencial isopícnica en laboratorio. Realizar ese trabajo y publicar los datos en un canal científico autorizado: sólo así nace un virus, no un fantasma, ni un espectro, ni un enemigo invisible. Eso no se hizo, no se ha hecho, y no hay ningún interés en hacerlo.


¿Estás negando la existencia del virus, negacionista malandrín? No, estoy asegurando que por ahora nadie puede afirmarla. Demostrar la existencia de una realidad es algo más que enumerar los argumentos para creer que su inexistencia es un absurdo, al estilo de lo que Tomás de Aquino hizo con Dios. Que las personas mueran por millares no demuestra la existencia de un nuevo agente vírico patógeno como causa. Es como si se demostrase que una casa está encantada porque los que duermen en ella tienen miedo por la noche. O como si un hombre-lobo existiera porque las ovejas amanecen degolladas. O como si el Hombre del Saco tuviera que existir necesariamente para no encarar el haber pasado la infancia entera aterrorizado sin motivo. Sé que esta mera posibilidad irrita al público y ahora algunos de los que me leen desearán mi contagio fatal de lo que sea que mate, como merecida maldición. Pero fuera del ámbito de la superstición y del miedo infantil, todos tendremos que admitir que, ante la innegable enfermedad de la Covid-19, el entendimiento se nubló en 2020 para dar como válida la respuesta más pasional, irracional y rápida posible.


Ocurre que ya cierto tiempo ha pasado y estamos cerca del aniversario. El espectro va a cumplir un añito. Y un año después, ya nadie se pregunta por el origen de la enfermedad. ¿Recuerdan aquello de la sopa de murciélago? ¿Recuerdan al simpático pangolín? ¿Al guarrindongo mercado de Wuhan? ¿Y al misterioso laboratorio a pocos kilómetros? ¿Recuerdan las declaraciones del Nobel Luc Montagnier? ¿Recuerdan la búsqueda del paciente 0? Nada de eso importa ya: todo aquello fueron cuentos chinos. El principio filosófico y científico de búsqueda de su causa primera para la resolución de un problema, fue atropellado por el frenesí técnico por atajar los síntomas y hacer caja rápida y gruesa con ello. En otras palabras: se desestimó la investigación del verdadero origen de la enfermedad, y se dio prioridad al desarrollo industrial y masivo de una vacuna.


¿Vacuna? Los lectores más atentos se preguntarán cómo es posible hacer una vacuna si no se dispone del agente vírico patógeno aislado. Vacuna viene del latín vacca, es decir, vaca, pues para desarrollar la vacuna de la viruela a finales del S. XVIII, Edward Jenner se sirvió del virus en su forma más benigna extraído de la ubre de una vaca. En el caso del Sars-CoV-2, ¿Cómo vacunar, si nadie dispone del virus que inocular atenuado? Pues porque no existe tal vacuna. En este caso, "vacuna" no deja de ser un eufemismo que hace más amable el prestarse como cobaya de un experimento de transgénesis sin ninguna garantía de seguridad. Si escuchas la palabra “vacuna”, vas a reaccionar mejor que si sabes que te van a meter un elemento biotecnológico de ingeniería genética de ARN sintético manipulado en laboratorio. Lo primero suena a vaca, natural y saludable; lo segundo suena a La Isla del Dr. Moreau. Publicitando el producto como “vacuna”, las espectadoras de TVE y de Susanna Griso, se lo inyectarán voluntariamente. Sin embargo, si la población fuera consciente de lo que es, sólo a través de amenazas, métodos coercitivos y decretos liberticidas, conseguirán hacerlo. Están en ello.


¿Qué capacidad de respuesta tendrá la población española a esto? Yo no lo sé. Con toda sinceridad: ni idea. Es conocida mi opinión ambivalente, incluso contradictoria, con respecto a los españoles. Por un lado, pienso que será difícil engañar al país de la picaresca, el tocomocho y el trile. Por otro, veo los resultados de las elecciones del 10N y se me cae el alma a los pies. Por un lado, no me creo que un matasanos etíope y cuatro burócratas de la ONU le vendan la moto a Lázaro González Pérez. Por otro, la negra que llaman honra, también tiene su precio. Por un lado, a veces pienso que todos los españoles somos Fuenteovejuna; otras veces pienso que simplemente somos ovejunos.


Un fantasma recorre Europa: el fantasma del Sars-CoV-2. Todas las potencias farmacéuticas se han unido en una misma carrera para acorralar a ese fantasma. Y con la Navidad, también llegarán los cazafantasmas, aunque no les llamemos. Pronto vendrán los Ghostbusters, con sus cajitas humeantes de conservación en frío, sus trampas para atrapar ectoplasma, sus mangueras láser para destruir malvados y viscosos conspiracionistas verdes como yo. Mientras nos lo podamos tomar como una comedia blanca, habrá esperanza de que todo esto no acabe en tragedia griega.


 

Categories: None