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Underground

Posted on January 5, 2021 at 7:00 AM

Cuando era joven y estúpido (o quizás más joven y estúpido de lo que ahora soy), valoraba el arte en la medida en la que resultaba contestatario. Toda la Generación X, aquella que va desde la mitad de los años 60 hasta los inicios de los 80, sufre esa tara que Antonio Escohotado llama “conciencia roja”: no nos gusta lo establecido como al mocoso no le gustan las acelgas. Somos revolucionarios anti-sistema como las ladillas son contumaces anti-pubis. Se exige del arte, al menos, una aparente función de pataleta transformadora de la realidad. Con el paso del tiempo, la cultura dominante es fagocitada por el movimiento contracultural que, a través de la ley de los signos en la que menos por menos es más, pasa a convertirse en el siguiente establishment a derribar.


Cuando era joven, estúpido, y empezaba a interesarme por la música y la literatura, el mejor elogio que un artista podía recibir era el de underground. Era sinónimo de autenticidad, de carácter genuino, de coherencia de principios, de no doblegarse a las modas e imposiciones del poder. Después, cuando creces y vas aprendiendo algunas cosas, entiendes que underground no deja de ser una maravillosa estrategia de los editores y productores musicales para no pagar al artista, o pagarle muy poquito. El artista underground es aquel imbécil en el que su vocación por la música o la literatura es tan irremediable, que le vas a tener tocando en un puticlub o recitando poemas bajo un puente, le pagues o no le pagues. Así es hasta el punto de que en la lengua española, el antónimo de underground cuando se trata de arte, resulta ser el adjetivo comercial. “¿Te gusta aquella banda de música?” “No, se ha vuelto muy comercial”. Esta conversación que todos hemos oído ilustra el misterio de que compremos música que no nos gusta, mientras condenamos a los músicos que nos gustan a morirse de hambre. El sadomasoquismo artístico: si tu arte es bueno es porque yo como público te las hago pasar canutas.


A estas alturas, da igual. En la actualidad las premisas artísticas de la Generación X, con su insoportable superioridad moral analógica, han sido reventadas por la cohorte digital de la Generación Z, menos hipócrita y más pragmática. Ni los músicos comerciales venden música por culpa del streaming, ni los escritores best sellers venden libros por culpa del e-book. Y para citar algo positivo que puede traer este 2021, es muy probable que el futuro inmediato del arte pase por volver al underground. Herbie Hancock lo señaló recientemente con respecto al Jazz, pero yo creo que resulta aplicable también a la música blues, flamenca, rock, latina, urbana, electrónica… Lo mismo ocurre con la literatura y, en definitiva, con toda forma de arte. Hay que volver a las raíces, y ellas están bajo tierra; hay que volver al underground.


Los que nunca salimos de él y conocemos bien los peligros telúricos que aquí dormitan, recomendamos empezar a encarar esta realidad con la lectura de El Rey del Mundo de René Guénon. La lectura les parecerá anacrónica en un inicio, algo rara, pero pronto abrirán los ojos como lo hizo el poeta Tom Waits. El “Centro” permanente no es que se haya perdido y haya que buscarlo, como insistió en su error el siciliano Franco Battiato, sino que está oculto bajo tierra y hay que osar desvelarlo. Los artistas se asemejan a los mineros, agitando esos grandes huesos negros en la zona peligrosa. Si quieres descubrir la música cnótica, pasa olímpicamente del Spotify y baja al antro donde hay una juerga clandestina. Si quieres conocer la literatura de tu tierra, olvida Amazon y baja al cuchitril de subsuelo donde se reúne el club de los poetas, si no muertos, sí algo zombis. No encontrarás a músicos, a escritores, a artistas, ni en programas de televisión, ni en videoclips de YouTube, ni en grandes librerías. Los descubrirás bajo tierra en la oscuridad de la noche. Ellos están vivos; ellos están despiertos mientras el resto del mundo duerme. Y por debajo de las carreteras hacia la mina, todo se desarrolla. Hay un mundo funcionando bajo tierra.


El viajero erudito Ferdynand Ossendowski se refirió a ese mundo como Agartha (o Agarthi): un misterioso centro interior donde reside nuestro principio supremo, al que el polaco designó como Paradesha, una voz sánscrita que podría traducirse como “Tierra más allá”, y que coincide con el lema oficial del emperador Carlos I (TERRAE PLUS ULTRA), y este a su vez con las dos columnas de Hércules tras su décimo trabajo. Ossendowski señala que hay múltiples accesos a Agartha en diferentes puntos de nuestra superficie existencial, para diferentes culturas. Para los chinos y mongoles, el Desierto del Gobi, que es el que él señala. Para los indios, Himalaya. Para los budistas, Shambala. Para los celtas, Finisterre. Para los incas, Machu Picchu. Para los grecolatinos, Gibraltar. En la cultura jazzística, Agartha se codifica como Agharta a través del mago negro Miles Davis y su ritual afro-dáctilo celebrado en Toquio el 1 de Febrero de 1975. Según la Tradición, a medida que nuestro ciclo de vida se cierra, el centro de Agartha va cerrando también sus accesos físicos, y a estas alturas del Kali-Yuga, en 2021, sólo el arte consigue abrir el portal.


¿Para qué seguir escribiendo libros o creando música en 2021 si ya nadie paga por leer libros o escuchar música? Mi respuesta: para desvelar esta extraña realidad y mostrar sus coordenadas de acceso interior. Sé que es la respuesta más friki y perruna verde que se puede dar, pero también es la más sincera en mi caso. Hay una gran pueblo oscuro en un lugar que yo he encontrado. Hay un mundo andando bajo tierra, underground.


 

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